VIAJE A PRAGA

Después de reposar  el ajetreado programa que llevamos a cabo en nuestro viaje a Praga, me dispongo a hacer un resumen de todo lo que vivimos durante ese largo fin de semana. Parece que 3 días no dan para mucho, pero nada más lejos de la realidad. Madrugamos mucho y eso fue fenomenal porqué llegamos a una hora estupenda a Praga. Lo primero que hicimos después de dejar la maleta fue dar un paseo por el barrio viejo y buscar un sitio para comer pronto. Un restaurante italiano en el centro de Praga. Algo rápido y a correr para encontrarnos con el guía turístico, que resultó ser Denis, un señor de unos 60 años, con un sentido del humor muy especial y con un conocimiento histórico, cultural y artístico de la ciudad brutal. Debido a una celebración en el barrio judío que se iba a desarrollar durante el fin de semana y que implicaba que permanecería cerrado al público, tuvimos que partir en dos días esta primera visita y dejar el barrio judío para el domingo, de esta manera veríamos en esta primera toma de contacto los lugares más importantes de mala Strana. Nos alucinó el reloj astrológico y la leyenda de que cegaron al relojero que lo diseñó para que no hiciera otro igual, la revolución del terciopelo y las movilizaciones que hubo en la plaza Wenceslao o la historia de la fecha de construcción del puente de Carlos. Este puente tan simbólico de la ciudad también nos pareció espectacular, pero acabamos familiarizándonos con él de tanto cruzarlo. Por la tarde paseamos por la isla de Kampa con aquellos que no querían descansar, y luego buscamos un lugar para cenar ya que el grupo no quería separarse. Cabe decir que otra de las cosas que nos sorprendió fue la calidad de la comida. Praga es un lugar maravilloso para la gastronomía y además con unos precios más que buenos. No dejen de probar el Gulash, riquísimo, aunque de origen húngaro. Con algunos del grupo fuimos a tomar una cerveza antes de ir a dormir, queríamos visitar alguna tasca típica de la ciudad con buena cerveza artesanal y lo más alejada posible del circuito turístico. No sé del todo si lo conseguimos, ya que en la cervecería a la que llegamos había alguna que otra mesa con turistas, tal vez buscando lo que buscábamos nosotros. Al final, la cerveza estaba riquísima, así que misión cumplida.
Y volviendo al hotel caes en la cuenta de que la ciudad es distinta de noche. Otra gente la pasea, otros colores en las calles por las que ya has pasado antes. Te confundes. Piensas que tal vez ese antro era una especie de teletransportador y que te ha llevado a otra ciudad parecida pero distinta. Seguramente sea por la cerveza.
El segundo día del viaje empezó bien pronto. A las 08:30h. de la mañana estábamos comprando los billetes para el tranvía en un pequeño quiosco y saliendo justo después hacia el castillo de Praga con el número 22. Denis se había mostrado muy convencido de que era lo mejor que podíamos hacer ya que el castillo de Praga de abarrota de turistas velozmente. Fue un acierto absoluto, pero nos encontramos con otro imprevisto del viaje. La catedral de San Vito no se abriría hasta las 12h. Tuvimos que seguir con la visita del castillo y sobre las 13:00h. fuimos a visitarla pero había una cola espectacular y la gente tenía demasiada hambre como para esperar. Propusimos que después de comer quién quisiera podría visitarla, pero la mayoría prefirió ir al monte Petrín, que era el plan que teníamos desde un principio. Antes de todo esto, comimos en uno de los restaurantes que hay en el monasterio de Strahov. Buena comida y buena cerveza a precios razonablemente turísticos. Después del paseíto por el monte Petrín, que es una pequeña montaña con parques y zonas verdes de las que disfrutan los habitantes de la ciudad, y de disfrutar de las brutales vistas desde la particular torre Eiffel que hay en lo alto de este parque, bajamos andando hasta el hotel, tuvo que ser así porque el funicular estaba cerrado durante 10 días por motivos desconocidos. La última cena en la cervecería U medviku, en la que nos trataron muy bien y estuvimos muy a gusto, nos sirvió para despedirnos de la noche checa.
Para el último día de nuestro viaje a Praga sólo nos quedaba pendiente el barrio judío, del que nos llevamos un gusto agridulce por todo lo que allí se vivió. Pensar que ese barrio sigue tan entero porque Hitler pretendía hacer de él un museo de la raza exterminada fue algo que me dejo mal cuerpo durante un buen rato. Para acabar nos quedaba un pequeño crucero por el río moldava y tiempo libre para las últimas compras. El viaje a Praga llega a su fin y solo nos queda ir quitando días al calendario hasta que llegue el próximo.