DUBLÍN Y SUS PLAZAS

DUBLÍN y sus plazas es título fraudulento para un post cuya única intención es  llamar la atención de todos aquellos que hayan visitado la capital irlandesa y estén, en este momento, buscando en su memoria la imagen de una (aunque sea solo una) plaza dublinesa. Vale, tranquilos, no le deis más vueltas: no hay. Ni una. En Dublín, como en el resto de ciudades irlandesas, no hay plazas. Rotondas, sí, pero son modernas. Y parques, un sinnúmero  de parques donde un mediterráneo se admira al descubrir la infinidad de verdes que hay en la naturaleza (del mismo modo que un nórdico queda fascinado al contemplar la infinidad de matices que tiene el rojo del atardecer sobre el Mediterráneo). Pero plazas, como las conocemos en el continente, no hay. El motivo: porque los romanos no llegaron nunca hasta allí. Así, la isla verde bendecida (o maldecida) por la sempiterna lluvia se convirtió en  HIBERNIA para los romanos, un lugar demasiado frío y remoto para sus mediterráneos huesos. Y como los romanos no fundaron sus colonias (que desde la época de Augusto quedaban divididas por dos avenidas principales, el cardo y el decumanus, y  en cuya intersección se encontraba el foro, la plaza pública) Irlanda quedó fuera del club de las “plazas con encanto”. Aunque encantos no le falten ni a la isla ni tampoco a su capital, Dublín.

Y fueron parte de esos encantos los que pudimos descubrir con nuestros viajeros el pasado mes de abril, cuando nos desplazamos, paraguas en mano, a la hermosa y fría Irlanda. La capital no nos defraudó, con ese aire tan intelectual en su Trinity College en cuya biblioteca un amante de los libros podría perder la cabeza (literalmente: hay que ir con cuidado con los pesados bustos de los personajes insignes);  con ese otro aire tan granuja (¿entramos a un pub?) y con ese olor a hierba y musgo fueras donde fueras. Repetiremos, of course. Porque más allá de Dublin, sólo pudimos visitar los acantidados de Moher (que merecen post a parte). Así que volveremos a Dublin, que es, según como se mire, una gran ciudad comprimida, o una capital de provincias expandida, ya que cuenta con los requisitos de toda gran capital (es la sede de la política, de las grandes empresas, de la cultura) pero al mismo tiempo es una ciudad acogedora y práctica, que puedes atravesar a pie sin desgartar demasiado los zapatos, y en la que te puedes cruzar con las mismas personas sin tener la sensación de que te están siguiendo. Con su medio millón de habitantes, sus cientos de pubs (guinnes, recuerda, en Dublin toca beber guinnes) y sus calles siempre mojadas, la ciudad es uno de esos rincones del planeta en los que uno se siente como en una segunda casa. Y luego están las sonrisas, que aparecen en cada esquina, y es que es difícil que a uno no le sonrían o saluden en Dublín, casi tan difícil, como que canten las cigarras.

Aunque, como siempre, lo mejor de este viaje a Dublin fueron los compañeros, siempre atentos a cazar al vuelo los buenos momentos para magnificarlos. A veces nos perdíamos imágenes del paisaje porque teníamos los ojos cerrados o llenos de lágrimas de tanto reír. Va por ellos, nuestros viajeros, que nos acompañan y nos enseñan, siempre.