Berlin: conciencia de la historia

Berlín aporta mucho más que bonitas fotografías. La gran virtud de viajar, más allá del disfrute del momento, es que te abre nuevas vías para entender el mundo. Al enfrentarte cara a cara con “el otro” te cuestionas a ti mismo y muchos de los prejuicios que uno lleva en la maleta se quedan en el hotel de destino, y  vuelves a casa con una sensación de ligereza, de libertad que te da esa nueva (y a veces, por desgracia, momentánea) ampliación de miras. Otras veces viajar es una bofetada a la conciencia, un golpe seco y duro a la comodidad en la que muchas veces nos instalamos en nuestra vida cotidiana. Y eso fue lo que nos sucedió cuando viajamos a Berlín. En nuestra última escapada a la capital alemana decidimos incluir una visita al campo de concentración de Sachsenhausen, “hogar” de más de 200.000 presos entre los años 1936 y 1945. Fuimos en tren desde Berlin acompañados por nuestra excelente guía local, Arancha, y una vez allí, recorrimos los pabellones, el crematorio, la cámara de gas, las celdas de castigo y el museo… Hacía un frío terrible, como es habitual en un noviembre berlinés,  y no había visitantes. Escuchar de la voz de Arancha la terrible historia de los que allí sufrieron y murieron sintiendo cómo el gélido viento se introducía bajo el abrigo fue una experiencia que jamás olvidaré, ni yo, ni el resto de los que participaron en aquel viaje. El regreso en tren a Berlin fue silencioso. Todos discutíamos con nuestra conciencia e intentábamos entender el porqué de una barbarie que, desgraciadamente, parece infinita.

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Sonrientes a nuestra llegada a la estación de Sachsenhausen, aún no éramos conscientes de lo que nos íbamos a encontrar.